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miércoles, 11 de agosto de 2010

ACLARACIONES POR ALUSIONES




Resulta curioso que algunos compañeros veterinarios salgan ahora del armario para reconocer que el toro sufre en los espectáculos populares como los "Bous al Carrer" o los "Correbous".
El silencio administrativo en mi profesión sobre este tema, viene de muy antiguo, pero ha bastado con que las corridas de toros hayan sido abolidas en Cataluña para que el Presidente del Consejo General de Colegios Veterinarios de España, y el de la Asociación de Veterinarios Especializados en Espectáculos Taurinos se hayan pronunciado al respecto.

Bienvenidos al club...

Afortunadamente, los que estamos bajo sospecha, los que según dicen hemos sido utilizados para oscuros intereses nacionalistas y separatistas, ya habíamos hablado del sufrimiento de estos animales mucho antes de que se pusiera en marcha la ILP.

Badiola: "Los toros tienen miedo y sufren fuerte estrés"

AVAT: "El sufrimiento de los toros bravos en los correbous"

Ponencia presentada en el Parlamento Europeo en el año 2008, dos años antes de la aprobación de la ILP en Cataluña. (José Enrique Zaldívar Laguia) (Presidente de AVAT):

Informe técnico veterinario sobre el sufrimiento del toro en algunos festejos populares.

Curiosamente, en aquella tribuna, la de Bruselas, me acompañaban Jordi Portabella (ERC), y Raúl Romeva (ICV), políticos de dos partidos han votado en favor de la ILP porque, según los taurinos, se trata de un símbolo de la identidad nacional española.

Uno de mis compañeros de viaje, al que "he llevado las maletas" en su reivindicación nacionalista antitaurina, se pronunciaba claramente sobre los "Correbous" hace muy pocos días.

El tiempo dará o quitará razones, pero desde nuestra asociación no vamos a cejar en el empeño que nos ha traído hasta aquí: la abolición de todos y cada uno de los espectáculos en los que estos animales son utilizados, provocándoles un sufrimiento inútil.

lunes, 28 de junio de 2010

CULTURA DE LA CRUELDAD: CORRIDAS DE TOROS EN ESPAÑA




Publicado en la página web de "Time".

"Algunos veterinarios han trazado una linea en el círculo de arena ensangrentada. Hace 2 años crearon AVAT, una organización que busca la abolición de la tauromaquia. En representación de sus setenta veterinarios, estuvo en el Parlamento catalán, José Enrique Zaldívar, que de forma tranquila hizo una pormenorizada descripción forense de las horribles heridas que sufren anualmente 12.000 toros, en cada una de las etapas de la corrida que les llevarán a la muerte".

"Es por esto, por lo que AVAT dice en su web: "No podemos entender, cómo en nombre de una supuesta tradición, estas practicas forman parte en pleno siglo XXI de nuestra mal llamada cultura"

Migrants must assume quickly the when-in-Rome rule. As a young journalist in Australia, I was often irked by new-arrival whinging Poms, as we lumped them, bemoaning our accents, Melbourne's then 6 O'clock (p.m.!) closing of pubs and our cultural cringe at being their Down Under former colony. Most adapted fast and became what in Australia is the ultimate status: good mates.

I thought of that acceptance process when I moved to Spain and began doing up an old house in Catalunya. These were my rules: no punditry in the village bar, avoidance of we-do-it-this-way-at-home statements and acceptance of laughter at my linguistic clangers.

Twenty years on, I live in the Extremadura region and feel sufficiently integrated to occasionally say, No, this is wrong. A case in point is the town band, in which I play flute. Outside processions and concerts, local bands are an integral part of bullfights. But while El Ligero, Domínguez, Antonio and 10-year-old Jesús — our trumpeters — and the rest of my 50 colleagues sweat over their instruments in the sun, I hunker in sadness in my house. When at the outset I told Blas, our conductor, that if I had to attend corridas I'd quit, he was fine, no pressure. I think the others put my absences down to another foible of the "lettuce eater," as they call me, a vegetarian in Spain's prime jamon region.

But in these past two decades the number of ham-worshipping Spaniards who nevertheless abhor bullfighting has soared. Last year 180,000 signed what's known as a people's legislative initiative, which asked the Catalan parliament to debate the abolition of bullfighting. The parliament recently finished a series of heated debates on the issue; its decision will probably come in July, the main parties allowing their deputies a free vote.

The debates inspired the opportunistic president of the Madrid regional government, Esperanza Aguirre, to declare bullfights a Bien de Interés Cultural, a protection order until now reserved for buildings or landscapes. But they also emboldened antifighting activists. Some veterinarians have finally drawn a line in the bloodied circle of sand. Two years ago they formed AVAT, an association that seeks the abolition of bullfighting. Representing its 70 vets before the Catalan parliament, José Enrique Zaldívar gave evidence at once forensically calm and horrifying in its detailed wound-by-wound explanation of what some 12,000 bulls a year endure in each of the stages of the corrida that lead to death. (That number, from 2009, is about 3,000 lower than usual thanks to the economic crisis.) As AVAT says on its website, "We can't understand how, in the name of a supposed tradition, in the 21st century customs such as these need to form part of our misnamed culture."

The opponents of a ban, as always, fell back on this tradition. It's the national fiesta, they argue. It's what the bulls are bred for, and they have a great life in the countryside before the corrida. And what about poor fish? Or battery hens? And, oh, the bravery of matadors like José Tomás, who came so close to death after being gored in Mexico on April 24?

While this was to be expected, I was surprised by the inability of various philosophers to take a stand. During the debates, Catalan Victor Gómez Pin and a colleague from the University of Paris, Francis Wolff, wrote a joint article in El País that was, while not protorture, tortuous. They seem to be against cruelty per se but declare, in relation to what they see as attempts to "liberate" animals from every type of pain and consequently all subordination to man, "This new cult is dangerous. Whenever the defense of Nature has been raised as an absolute imperative, the human being has been devalued. That man invents the animal when he has stopped believing in God isn't necessarily good news."

Another of Spain's best-known philosophers, Fernando Savater, is equally obtuse. Horrified that politicians might legislate on a moral question, he clings to the chestnut that no one is obliged to attend bullfights. In an article that charges off in all directions, Savater's argument against prohibition descends to the level that "the first European proto-ecologistic laws to protect Mother Earth and animals were dictated by the vegetarian Adolf Hitler."

Fortunately, while thin on stand-taking public thinkers, Spain is well-served by cartoonists. One of the most direct is El Roto, who works for the paper where Gómez Pin and Wolff wrote such bull's wool. Before the debates started, El Roto drew a bull with banderillas hanging from its bleeding back. His caption says in fewer than a dozen words more than certain philosophers, Hemingway or the probullfight lobby manage in hundreds of thousands: "Nobody is obliged to go to the bullfights ... except the bulls!"


sábado, 26 de junio de 2010

YA TENGO LIBRO




La editorial América Ibérica ha decidido recopilar todos los artículos técnicos que he escrito durante los últimos cinco años para la revista El Mundo del Perro. Son 256 páginas de las que podréis disfrutar de forma gratuita comprando el ejemplar de la publicación del mes de julio. Creo que es una guía muy útil para todos los que tenéis un perro, y que os podrá servir para resolver muchas dudas.
Espero que os guste.

domingo, 27 de julio de 2008

ESPERPENTO HISPÁNICO

Dominio público

Opinión a fondo

Esperpento hispánico

JOSÉ ENRIQUE ZALDÍVAR LAGUÍA

07-27.jpgEl pasado día 21 de julio, este diario inició una serie de artículos con un valiente titular en su portada: Maltrato animal, arranca el vía crucis de todos los veranos. Consultado el diccionario de la Real Academia Española y trasladado el significado del texto al mundo animal, debo decir que el titular me parece sumamente acertado.

La tradición, entendida como una costumbre que se transmite de generación en generación con el único fin de preservarla, sirve de justificación a un gran número de festejos populares en los que una serie de animales pertenecientes a la familia de los bóvidos, subfamilia bovinos, subespecie lidia, de diferentes edades y por lo tanto tamaños, servirán como entretenimiento y diversión a propios y extraños en numerosas localidades de nuestra piel de toro.

Ya han pasado las fiestas de San Juan, con sus hogueras en las que, entre otros, han sido ejecutados a tiros 13 toros, los famosos acericos de Coria. Ya han pasado las fiestas de San Fermín, donde la mezcla de alcohol, bullicio ferial y solemnidad religiosa ha conducido a la tortura a 54 toros y 6 novillos que, previamente, a primeras horas de la mañana, corrían por las calles de Pamplona, adaptadas para tal fin.

Ahora, una vez llegado el verano, el calor, el ocio, el aburrimiento y las largas noches en vela, se repetirá el esperpento hispánico.

No voy a hacer distinciones, no voy a disculpar a unos y a acusar a otros. Haya santos, devoción, tradición, control o descontrol, es todo lo mismo. Al final, sufrimiento, miedo, angustia, dolor, sangre y muerte para los animales. Diversión a raudales para los ciudadanos que de forma activa o pasiva participan en estos festejos.

El toro embolado proyectará su luz y su sombra en la noche; el lento caminar a tirones del toro ensogado recorrerá las calles asfaltadas de los pueblos; el toro a la mar conocerá el sabor del agua salada y nadará desesperado hacía no se sabe dónde. Mientras, unas vaquillas, encerradas en un recinto improvisado, embestirán a ciudadanos que por unas horas jugarán a ser toreros y a los que, para demostrar su valentía, no les importará recibir un revolcón y llenar su ropa de arena. Algunas, como recientemente se ha hecho en El Escorial, serán traspasadas por el acero del estoque puesto en las manos de aprendices de matador. El colofón se producirá en Tordesillas, con la muerte del toro alanceado en honor de la Virgen de la Peña.

Pero dejemos la narrativa y pasemos a la ciencia. Supongo que serán muchos los lectores que alguna vez se habrán planteado que estos animales sufren, los habrá que lo duden y los habrá que lo nieguen. Pues bien, a los dubitativos y a los negadores les expondré de forma escueta e inteligible las razones por las que estos seres vivos son capaces de sentir, como lo puede hacer cualquiera de ustedes.

Existe, en cualquier mamífero superior, un sistema nervioso capaz de desarrollar respuestas ante situaciones que nunca ha vivido, respuestas capaces de ponerle en alerta y respuestas que le llevarán a resistir e intentar adaptarse a esas novedades por las que nunca antes había pasado. Cuando el organismo es incapaz de responder a esos estímulos o agresiones que se repiten con frecuencia o son de larga duración, se producirá lo que en fisiología se denomina fase de agotamiento. Este último es el estado en el que acaban los animales utilizados en los festejos a los que me estoy refiriendo.

Todos ustedes sabrán lo que es el estrés, incluso lo habrán padecido en alguna ocasión, pero, por si no son capaces de encontrar la relación entre él y los hechos que estoy narrando, ahí van un par de definiciones:

“Agresión contra un organismo vivo” y “situación de un individuo o de alguno de sus órganos o aparatos que, por exigir de ellos un rendimiento superior al normal, les pone en riesgo de enfermar”. ¿De verdad creen ustedes que estos animales de manada, herbívoros, y por tanto pacíficos –si es que no ven peligrar su vida y no pueden huir ante la amenaza–, no sufren cuando son sometidos a situaciones para las que no están preparados y que no han conocido en toda su existencia? Pues sí, sufren, y mucho. Debo añadir que aquellos que son utilizados y reutilizados una y otra vez, como ocurre en muchas ocasiones, sufrirán aun más. Está científicamente demostrado que los bóvidos fijan en su cerebro las sensaciones percibidas cuando toman contacto con algo nuevo, y si esta primera experiencia les resulta negativa y se repite, les causará un sufrimiento más intenso. ¿Quién dijo que los toros no tienen memoria?

Si aplicamos como norma que, en el bienestar animal, el organismo en cuestión debería no presentar alteraciones fisiológicas, es decir, que las manifestaciones emocionales del animal no deberían diferir de las que presentan en condiciones normales, convendrán conmigo –aunque a algunos no les importe y mis comentarios les produzcan cierta hilaridad– en que en todos los festejos donde la especie humana involucra a estos animales hay sufrimiento físico y psíquico. A algunos nos bastará con observar el comportamiento que muestran, sus expresiones faciales, su ritmo respiratorio; pero a los más escépticos les diré que existen determinaciones hormonales realizadas en estos animales que lo demuestran sin ningún género de duda. El cortisol, conocido como hormona medidora del estrés, se disparará hasta valores insospechados que podemos considerar como patológicos.

Haciendo mías las palabras de dos compañeros de profesión, la preocupación por el bienestar animal es el resultado de dos elementos: el reconocimiento de que los animales experimentan dolor y sufrimiento y la convicción de que causar sufrimiento a un animal no es moralmente aceptable si no existe razón que lo justifique.

Dejaremos para otro día la lidia, y la respuesta a ese estudio tan divulgado que habla de la capacidad del toro para superar el dolor que se le provoca en un 90%. Tiempo habrá de rebatirlo.

José Enrique Zaldívar Laguía es vicepresidente de la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia (AVAT)

Ilustración de Mikel Jaso