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JAVIER SAMPEDRO 03/08/2008
Una familia librepensadora. En la página web hecha pública hoy por la Universidad de Cambridge se pueden conocer de forma gratuita los trabajos de Darwin. Además, también ofrece imágenes personales de la vida del biólogo Charles Robert Darwin que nació en Shrewsbury (Inglaterra) en 1809 en el seno de una familia acomodada. Fue el quinto de los seis hijos que tuvo el doctor y financiero Robert Darwin con Susannah Darwin, que murió cuando Carles tenía ocho años. En la foto aparece su abuelo paterno, Erasmus Darwin. Su padre, librepensador, se doblegó ante los convencionalismos, bautizando a su hijo Charles en la Iglesia Anglicana, a la que se habían convertido sus suegros ya que tanto él como su esposa pertenecían a la Iglesia Unitaria, para la que Dios es una sola persona y no tres.- UNIVERSIDAD DE CAMBRIDGE






La idea eliminó la necesidad de Dios para explicar nuestra presencia
"¡Qué estúpido no haber pensado en ello!", dijo Thomas Huxley al escucharla
La predicción clave de la teoría se ha confirmado en tiempos recientes
La prueba más contundente es la universalidad del código genético
Este año se cumple un siglo y medio de la refutación de esa idea: la evolución por selección natural, presentada por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace en un artículo conjunto de 1858. Las celebraciones culminarán en 2009, cuando cumpla 150 años El origen de las especies, el libro de Darwin que fundó la biología moderna.
El reverendo Paley resumió sus razonamientos en la célebre alegoría del relojero: si encontramos un reloj en medio del campo, deduciremos la existencia de un relojero; si observamos una mariposa, el ojo de un águila o el cerebro humano, deberemos deducir la existencia de Dios. El diseño -y las cosas vivas apestan a diseño por todos los poros- implica siempre la existencia de un diseñador.
Cuando el joven Darwin, recién licenciado en teología por la Universidad de Cambridge, se embarcó en 1831 como "naturalista sin sueldo" en el H. M. S. Beagle, contaba con la Teología Natural de Paley entre sus libros de cabecera. "Casi podría haberlo recitado de memoria", escribió mucho después en su autobiografía.
Y El origen de las especies, que pronto cumplirá un siglo y medio, puede leerse como una refutación obsesiva y minuciosa del libro de Paley "hasta en el estilo de los argumentos, la elección de los ejemplos, los ritmos y las palabras", según ha documentado el evolucionista Stephen Jay Gould. La selección natural de Darwin es una teoría para fabricar diseños sin necesidad de diseñador: hecha a medida para pulverizar uno a uno los argumentos de la teología natural.
Como los argumentos del creacionismo actual siguen siendo en esencia los del reverendo Paley, la teoría de Darwin sigue siendo su refutación más elocuente. La idea de Darwin es tan simple, poderosa y autoevidente que justifica la reacción de su amigo y colega Thomas Huxley al escucharla por primera vez: "¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!". Y también el hecho de que Wallace llegara a la misma conclusión de forma independiente.
La idea es ésta: todo ser vivo tiene una gran capacidad de reproducción -produce copias de sí mismo con leves variaciones-, pero en un mundo de recursos escasos sólo algunas copias sobreviven lo bastante como para reproducirse a su vez: aquéllas con unas variantes más ventajosas en ese entorno particular.
Si las condiciones del entorno se mantienen durante cientos de generaciones, las variantes ventajosas colonizarán toda la población. Visto desde fuera, la especie habrá evolucionado hacia una forma mejor adaptada a ese entorno. La operación continua de este proceso durante millones de años genera unos dispositivos biológicos exquisitamente adaptados a su entorno: como si un relojero los hubiera diseñado para funcionar allí. Esto es la selección natural, el mecanismo evolutivo descubierto por Darwin.
La capacidad de la selección natural para generar diseños sin necesidad de un diseñador eliminó la necesidad de Dios para explicar nuestra presencia aquí: tal y como argumentó Darwin, el cerebro humano no es la cima de la creación, sino una mera variación cuantitativa del cerebro de un mono. ¿En qué momento de la evolución de los homínidos adquirimos nuestra alma inmortal?
Según el filósofo evolucionista Michael Ruse, Darwin quería proponer una teoría estrictamente científica, "pero su intención se vio frustrada casi de inmediato por sus seguidores, en particular por su célebre bulldog Thomas Huxley, que utilizó la teoría de Darwin para minar los cimientos del cristianismo. Huxley veía el cristianismo como un aliado del poder y de las fuerzas reaccionarias a las que quería derribar".
La guerra prendió con fuerza en Estados Unidos. El Estado de Tennessee ya intentó prohibir en 1925 la enseñanza de "cualquier teoría que niegue la historia de la creación divina del hombre descrita en la Biblia y pretenda, en su lugar, enseñar que el hombre ha descendido de los animales inferiores".
Desde entonces, la derecha religiosa norteamericana lleva más de 80 años empeñada en erradicar el darwinismo de las escuelas públicas, o al menos ponerlo en pie de igualdad con la teoría alternativa narrada en el Génesis. El Instituto Discovery, cuartel general del creacionismo -en su moderna versión del diseño inteligente-, declara como su objetivo central "derribar no sólo el darwinismo, sino también su legado cultural".
Los cristianos conservadores que promueven el diseño inteligente repiten sin cesar que la evolución es una "mera teoría", y que, por tanto, los estudiantes deben ser expuestos a otras explicaciones alternativas de nuestros orígenes, y muy en particular a la teoría expuesta en el Génesis. La realidad es muy distinta. Las pruebas en favor de la evolución son tan convincentes que ni el Vaticano se atreve a cuestionarlas a estas alturas del siglo XXI.
Las primeras pruebas de la evolución, de hecho, precedieron a Darwin por 200 años, y las obtuvo un obispo: el danés Niels Stensen, o Nicolaus Steno en la versión latina usual en la época. Steno demostró que las lenguas de piedra, una especie de incrustaciones minerales comunes en muchas rocas, no eran sino dientes fosilizados de antiguos tiburones.
No es que el trabajo de Steno resultara muy convincente en la época -la teoría dominante siguió siendo que las lenguas de piedra habían caído del cielo en algún momento-, pero los descubrimientos de fósiles se fueron acumulando durante el siglo siguiente hasta hacer inevitables dos conclusiones: que la Tierra era muy antigua, y que sus habitantes pasados eran distintos de los actuales.
El propio Darwin descubrió unos ejemplos muy persuasivos durante la travesía del H. M. S. Beagle: unos sedimentos de Cabo Verde repletos de conchas marinas que estaban muy por encima del actual nivel del mar; unos fósiles de reptiles en Bahía Blanca, similares pero claramente distintos de los reptiles actuales; unos estratos de Los Andes con 3.500 metros de altitud y atestados de vida marina ancestral.
Tres años antes de la publicación de El origen de las especies fueron descubiertos unos fósiles muy especiales. Johann Carl Fuhlrott, un maestro de la escuela de Elberfeld, cerca de Düsseldorf, recibió en 1856 la visita de unos obreros de una mina caliza, que le entregaron 16 huesos que habían extraído de una cueva, pensando que eran de un oso.
Fuhlrott no dudó en clasificarlos como restos humanos, y subrayó que eran "muy antiguos" y claramente distintos de los huesos de la especie humana actual. Descubrió así al hombre de Neandertal, la primera evidencia de la evolución de nuestros antepasados los homínidos.
Otra gran línea de evidencia se remonta como mínimo hasta Linneo. Cuando el gran naturalista sueco del siglo XVIII clasificó los seres vivos en una jerarquía de especies, géneros, familias, órdenes, clases, filos y reinos, estaba revelando que la vida tiene la arquitectura de un árbol. No es exactamente lo esperable para una lista de cosas creadas. Es exactamente lo esperable para una colección de cosas que han evolucionado a partir de un origen común.
La predicción clave de la teoría de la evolución -que las claves de los seres vivos deben ser universales, dado su origen común- se ha confirmado en tiempos recientes con una fuerza que ha sorprendido a los propios biólogos. La asombrosa variedad de formas vivas que vemos por todas partes suele conducir a una percepción engañosa. En realidad, los fundamentos de la vida en la Tierra son extraordinariamente constantes, aunque también muy versátiles, como es obvio.
Las tres propiedades esenciales de cualquier ser vivo son la habilidad selectiva para intercambiar materiales con el entorno, una red de reacciones químicas capaz de convertir esos materiales en sus propios componentes y la capacidad de sacar copias de sí mismo.
La primera se debe a unas membranas compuestas de grasas complejas que comparten todos los seres vivos. La segunda se basa en el "metabolismo central", una red integrada de reacciones químicas que interconecta los tipos esenciales de moléculas orgánicas, y que también es universal. Y la tercera está basada en la doble hélice del ADN, otro universal biológico que constituye el material genético, la base de datos autorreplicante de todo organismo.
La prueba más contundente del origen común de todos los seres vivos es la universalidad del código genético, el diccionario que traduce el lenguaje del ADN (una ristra de letras a, g, c y t) al lenguaje de las proteínas, que son ristras de otra clase de moléculas (los aminoácidos).
Cada serie de tres letras en el ADN significa uno de los 20 aminoácidos que forman las proteínas. Y el código es esencialmente el mismo en todos los seres vivos, pese a que miles de millones de códigos alternativos funcionarían igual de bien. Esto prueba más allá de toda duda razonable que las bacterias, los aligustres y las personas hemos evolucionado a partir de un origen común.
La moderna genómica, capaz de comparar letra a letra el ADN completo de las distintas especies -y el nuestro tiene 3.000 millones de letras-, aporta cada día evidencias muy sólidas a la teoría de Darwin: no sólo de la evolución en general, sino también del mecanismo de la selección natural en particular.
Como ha señalado Francis Collins, director del Proyecto Genoma y creyente cristiano: "Las similitudes de los genes humanos con los de otros mamíferos, gusanos y hasta bacterias son impresionantes. Si Darwin hubiera tratado de imaginar una forma de probar su teoría, no podría haber encontrado nada mejor, salvo una máquina del tiempo. Pedir a alguien que rechace todo eso para probar lo mucho que ama a Dios... ¡Qué horrible elección!".
Sólo hay dos especies que, miles o millones de años después de extinguirse en la Tierra, siguen provocando auténticas pasiones entre los humanos: los neandertales y los dinosaurios. Por qué los terroríficos monstruos de crestas punkeras, enormes corpachones y largas colas siguen fascinando parece claro. Eran unos bichos impresionantes y atractivos en su poderío, que dominaron la Tierra durante millones de años, y ¡zas!, de repente desaparecieron. Pero ¿por qué nos siguen cautivando e intrigando los neandertales?, aquellos seres chaparros y fortachones, de enorme nariz, arcos supraorbitarios prominentes y mentón huidizo que habitaron Europa hace entre 200.000 y alrededor de 27.000 años. ¿Por qué queremos averiguar a toda costa cómo eran, si se cruzaron o no con el hombre moderno, y saber cómo y por qué se extinguieron?
Quizá la fascinación por aquellos robustos seres tan parecidos a nosotros, y a la vez tan distintos, no obedece a otra cosa, como dice Antonio Rosas, paleoantropólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), que a querer saber más de nosotros mismos. Porque son un enigma, son como nuestro espejo un poco deformado, nos reconocemos pero al mismo tiempo no somos. Y los miramos de continuo para ver si entendemos algo más de nosotros mismos. O puede que, como mantiene el premio Príncipe de Asturias y codirector de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, sólo sea, porque es una historia apasionante, una gran historia, y a los humanos nos gustan las historias. Para el autor del exitoso El collar del neandertal, que confiesa que nada le haría más ilusión que tener una gota de sangre neandertal que le conectase con esos poderosos europeos, el cerebro humano, esencialmente, produce y consume historias. Y la de los neandertales es una de las más increíbles, pone a nuestra especie junto a otra misteriosa y desaparecida: los otros. Tiene un componente de intriga y misterio, es imposible que no nos atraiga.
Hasta hace muy poco, los neandertales eran considerados unos seres rotundamente arcaicos y brutales, durante muchos años se les tuvo como una subespecie de Homo sapiens, poco avanzados en tecnología y con escasa capacidad para resistir la competencia del hombre moderno, más inteligente y rico en recursos, con el que coexistió en Europa unos 10.000 años antes de su extinción.
Pero el paradigma está empezando a cambiar. Ni tan brutales de aspecto, ni tan atrasados tecnológicamente, ni tan diferentes en su inteligencia del Homo sapiens. ¿Qué está pasando? Pues que los últimos estudios genéticos y hallazgos de fósiles neandertales, entre ellos, los del yacimiento asturiano de El Sidrón, están aportando datos que empiezan a replantear el modelo tradicional. Son cosas increíbles las que estamos conociendo, elementos de su aspecto físico o cognitivo que nunca hubiéramos pensado saber, dice el biólogo del equipo de El Sidrón, Carles Lalueza, que ha descubierto dos importantes genes neandertales. Uno está relacionado con la pigmentación y nos permite saber que eran rubianco-pelirrojos; el otro, con la capacidad para el habla, y nos deja deducir que podían hablar como los cromañones. El Sidrón está abriendo un universo muy llamativo. Es la mejor colección de neandertales de la Península y ahora, sin duda, el yacimiento activo más relevante del mundo. Podemos decirlo sin ningún rubor, asegura Rosas, responsable de la paleoantropología del yacimiento y profesor investigador del CSIC.
Tanto Arsuaga como Rosas, que durante 23 años formó parte del equipo de Atapuerca, se remontan al ancestro común de neandertales y el hombre moderno, el Homo ergaster africano, que salió de África hace unos dos millones de años, para explicar cómo su diferente evolución dio lugar en Europa al neandertal, la especie genuinamente europea, y en África, al Homo sapiens, que llegaría a Europa, por Asia, hace unos 40.000 años. Dos especies diferentes con un antepasado homínido compartido.
¿Cuándo se data el origen de los neandertales?, se pregunta Arsuaga, actual director del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos (UCM-ISCIII). No hay contestación, porque fue una evolución gradual. Podemos decir que los primeros neandertales tenían medio millón de años. La gente de la sima de los Huesos de Atapuerca es una población europea de hace medio millón de años, contemporánea de una población africana, y ambas proceden de la misma especie biológica, pero empiezan a diferenciarse localmente. En Europa hay un avance, un esbozo de algo que con el tiempo terminarían siendo los neandertales, pero que todavía son antepasados de neandertales, el Homo heildelbergensis. Pero si vamos más hacia atrás, a los 800.000 años, o todavía más atrás, con el reciente hallazgo de la nueva mandíbula de 1,3 millones de antigüedad, nos encontramos con el Homo antecessor de Atapuerca, que no tiene rasgos neandertales. Tanto la paleontología como la genética indican que la separación de las dos líneas se produjo en algún momento entre 500.000 y 1.000.000 de años.
¿Qué entendemos hoy por neandertales? Si hablamos de los que antes se llamaban neandertales clásicos, conocidos toda la vida como neandertales, su origen está entre los 250.000-200.000 años atrás; ésa sería una fecha frontera. A partir de ese momento son neandertales en el sentido anatómico, y los anteriores, los de Atapuerca, son sus antepasados directos, afirma Rosas, quien añade que los fósiles de El Sidrón (nueve individuos de distintas edades identificados, un maxilar prácticamente completo con todos sus dientes, además de otros miles de huesos, restos líticos transformados en útiles y herramientas) ponen en la palestra la guinda que faltaba: el final de los neandertales claramente constituidos. Y no hay que olvidar que es la primera vez que se ha podido sacar un gen completo de un fósil de neandertal.
Las aportaciones genéticas de El Sidrón, tanto del ADN mitocondrial (sólo de herencia materna) como del nuclear (de ambos progenitores) de neandertales, que vivieron en la cornisa cantábrica hace 43.000 años, están siendo esenciales para hablar de un nuevo paradigma. No sólo se han sumado al macroproyecto del Genoma Neandertal que lidera el experto mundial Svante Pääbo, sino que son objeto de diferentes estudios genéticos en colaboración con el instituto alemán Max Planck. Hasta ahora, para entendernos, la explicación en la teoría de la evolución era entre el chimpancé y nosotros, ya que compartimos un antepasado y es la especie viva más próxima. Era nuestro modelo de referencia. Pero la cantidad de información llamativa de los neandertales que estamos sacando nos permite empezar a sustituir el modelo chimpancé por el modelo neandertal. Con una diferencia: que la distancia de separación es mucho más corta en el tiempo evolutivo, explica Rosas.
¿Cuáles son estas novedades neandertales que tanto entusiasman a los científicos? Para empezar, los datos sobre su aspecto físico, y, lo que parece intrigarnos más, sobre si se cruzaron o no con el hombre moderno, siguiendo por derroteros como su ecosistema y forma de vida, tecnología, diferencias que podía haber entre los del norte y del sur. Y, finalmente, una de las cuestiones esenciales: las causas de su extinción.
El pescador de genes Carles Lalueza puede decir mucho de los hallazgos genéticos. Descubridor del gen FOXP2, relacionado con la posibilidad del habla, y del MCR1, de la pigmentación, y a punto de publicar un nuevo descubrimiento del que todavía prefiere no hablar, aunque insinúa que cualquier otro gen ?que esté relacionado con la inmunidad, la fisiología del metabolismo o los aspectos externos llamará la atención porque representa un cambio conceptual grande, asegura que, a la larga, esta información no sólo representará un cambio de paradigma sobre ellos, sino sobre nuestra especie. Porque, una vez que tengamos el genoma completo del neandertal y veamos los genes que compartimos, podremos saber, aunque sea por eliminación, cuáles son los cambios exclusivos de nuestra especie. Ahora estudiamos sus características propias, pero, en el fondo, estamos estudiando las nuestras, asegura este investigador de la Universidad de Barcelona.
Así que, gracias a la genética y al ADN de los fósiles de El Sidrón, podemos saber, entre otras cosas, que el físico de los neandertales era mucho más parecido al del hombre moderno de lo que hemos pintado e ilustrado durante más de un siglo. A mí no me importaría que se hubieran cruzado con nosotros. Soy un defensor de los neandertales y estoy en contra del paradigma, que ha cuajado incluso a nivel popular, de que era una subespecie brutal y atrasada, dice Lalueza, que añade que con el hallazgo del gen de la pigmentación asistimos a una paradoja divertida: en el fondo, ellos, que podían ser rubios o pelirrojos y de piel clara, se parecían más físicamente al hombre actual que nuestros antepasados los cromañones. Éstos, hacía poco que habían salido de África y tenían una pigmentación más oscura.
Con el físico hemos topado. Y si no eran tan primitivos, ¿cómo eran realmente? ¿Podrían, vestidos en vaqueros, pasar hoy desapercibidos en el metro de Nueva York, como mantiene el famoso y ya clásico modelo? Porque las últimas recreaciones que han incorporado algunos grandes museos del mundo, como las realizadas por el taller Daynés, de la artista francesa Elisabeth Daynés, que ilustran este reportaje, suponen una auténtica revolución en la imagen neandertal tradicional. Y no son fantasías, ya que están hechas sobre moldes de fósiles neandertales y con el asesoramiento científico de conocidos expertos. Son parecidos a nosotros y diferentes en todo el esqueleto. La pelvis es totalmente distinta, las mandíbulas, el cráneo, los dientes, los huesos largos Morfológicamente son distintos; no son simios, pero tampoco son sapiens: son diferentes, dice Arsuaga.
Lalueza tiene claro que hoy un rostro neandertal nos sorprendería mucho. No creo que haya un equivalente en el hombre actual. Su frente estaba inclinada hacia atrás, los arcos supraorbitarios sitúan una mirada muy profunda, tenían la cara proyectada hacia delante y la nariz era enorme, tan grande como la de un europeo que la tuviera muy grande, pero ancha como la de un africano. Realmente creo que llamaría la atención en el metro de Nueva York. Pero Antonio Rosas, que con su equipo del Museo Nacional de Ciencias Naturales reconstruye, con el maxilar encontrado en El Sidrón, una cara de neandertal utilizando avanzadas técnicas de computación, mantiene que, en esencia, lo que está cambiando es que se empiezan a apreciar diferencias entre grupos neandertales del norte y del sur. Una peculiaridad de los de El Sidrón es que eran muy robustos; dentro de su arquitectura ancha, eran más anchos todavía. Los individuos masculinos podían, en caso extremo, superar 1,70 metros de altura, y las mujeres bordeaban el 1,60. No eran pigmeos. Y murieron jóvenes. Sabemos que su longevidad máxima estaba entre los 40 y 50 años, pero éstos no llegaron.
Otro de los mitos que ha caído con la genética es el de que los neandertales no podían hablar como nosotros y se entendían con gruñidos o gestos. Podían. Y así lo ha demostrado el gen encontrado por Lalueza, que implica que neandertales y cromañones tenían la misma estructura implicada en el gen que posibilita un lenguaje articulado. Su lenguaje debió de ser más limitado que el nuestro, pero no porque pudieran emitir menos fonemas. La razón principal la tenemos en que nuestro lenguaje requiere, de manera constante, una memoria operativa de gran capacidad, mantiene el psicobiólogo Manuel Martín-Loeches, autor de La mente del Homo sapiens, que ha estudiado también la del neandertal y su capacidad para la memoria o el habla. Director de la sección de Neurociencia Cognitiva del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos, Martín-Loeches dice que la memoria operativa de los neandertales, mucho más limitada que la del sapiens, fue también la causa de su escasa capacidad creativa y, curiosamente, de su valentía, ya que su menor facultad para anticipar acontecimientos futuros les hacía más osados.
Arsuaga opina que el lenguaje neandertal sonaría como el nuestro si lo oyéramos a través de una puerta. En el antiguo paradigma siempre se decía que los neandertales no podían producir los sonidos del lenguaje del Homo sapiens, pero ellos tenían el hueso hioides situado encima de la laringe como el nuestro y el del chimpancé es muy diferente. Si oyéramos hablar a los neandertales, sonarían igual que un hombre moderno y no como un chimpancé. Y si oyéramos hablar a un austrolopiteco, seguramente diríamos que es un chimpancé.
En lo que están de acuerdo los investigadores es en que, fundamentalmente, lo que ha cambiado es nuestra percepción de los neandertales, quizá porque ya no tenemos tanta necesidad de considerarlos tan inferiores para vernos superiores. Hemos dejado de creernos el epicentro de la evolución humana. Dicho de otra forma, ya no se perciben como una especie inferior, sino como una igual. Distinta pero igual, opina Rosas. Y Arsuaga menciona otra novedad. De entrada, son los europeos de verdad, ellos sí que son auténticos europeos Y eso es un cambio de paradigma. Ha pasado un poco como con los aborígenes de Australia o Nueva Zelanda, que ahora todo el mundo presume de tener un antepasado maorí.
Pero hay más cosas que empiezan a contemplarse en este nuevo modelo neandertal. Por ejemplo, algo que nunca se había cuestionado era su escasa capacidad tecnológica. Todas las herramientas y utensilios de aspecto moderno que tenían ?en torno a los 40.000 años de antigüedad, se habían atribuido siempre a los cromañones, pero hallazgos como los de la cueva del Conde (Asturias) o El Sidrón permiten dudarlo. Arsuaga, que codirige los trabajos de la cueva del Conde, asegura que éste y otros yacimientos de parecidas características del País Vasco o Cantabria plantean que es una tecnología neandertal:
Tenemos unas industrias de transición que hasta ahora atribuíamos a los cromañones, que se suponía eran los creativos. Y nos preguntamos: ¿por qué de los cromañones? Todo apunta a que lo han hecho los neandertales. En Barcelona hay un yacimiento maravilloso donde se ve que los neandertales tenían un dominio extraordinario del fuego, con talleres que utilizaban casi de forma industrial. Vamos conociendo y matizando, apunta Rosas.
La coexistencia de los últimos neandertales y cromañones en Europa, durante unos 10.000 años, pone sobre el tapete otra de las cuestiones más debatidas: ¿se cruzaron ambas especies? Lalueza lo niega rotundamente y asegura que las especies divergieron hace unos 900.000 años. Además del gen de la pigmentación, una variante que no se encuentra en los humanos modernos, en el gen FOXP2 encontramos variantes que tenían los neandertales que eran ancestrales a todos los humanos modernos y que no han llegado hasta nosotros. Coexistieron, pero no se mezclaron.
Pero Arsuaga tiene serias dudas y asegura que no le sorprendería que hubiera habido algún intercambio genético. Lo que para él, en cualquier caso, carece de importancia. Pudo haber alguna vez cruces entre neandertales y sapiens, pero es irrelevante, es intrascendente a efectos evolutivos, porque sucede que esos híbridos no encuentran pareja o son absorbidos, y los genes raros acaban perdiéndose. Los neandertales se extinguieron y no contribuyeron nada a las poblaciones modernas, pero no me parece realista decir que es imposible que se hubieran cruzado, porque en la naturaleza no hay límites netos.
Y llegamos a otra de las grandes cuestiones del universo neandertal: ¿por qué se extinguieron? Pregunta que, como las cerezas de un cesto, se enreda con otras: ¿fue el Homo sapiens el causante de su extinción?; ¿acaso no pudieron competir con la mayor capacidad tecnológica de éste?; o, como también se plantea ahora, ¿fue un cambio climático lo que les arrastró a su final?
El paleobotánico José Carrión, de la Universidad de Murcia, especialista en palinología, ha estudiado los registros de cambios de paisaje asociados a áreas regionales neandertales, a través del polen fósil de distintos yacimientos, entre ellos, los de los últimos neandertales de la península Ibérica (Gorahn, en Gibraltar, y Carihuela, en Granada). Carrión, que ha reconstruido la vegetación, paisaje y fauna de la época, aporta dos conclusiones. Una: la extinción no fue de golpe, sino un largo proceso. Dos: se debió sobre todo a un proceso endogámico. Pero suma otros datos. Para empezar, los neandertales eran seres de bosque y un cambio climático vino a acelerar su extinción.
Al parecer, aquellos bosquimanos fueron reduciendo su área de distribución en el continente europeo, por lo menos desde hace 35.000 años hasta unos 26.000 años antes del presente. Los últimos 10.000 años fueron de declive, con una población fragmentada y cada vez menos numerosa. Cuando haces un mapa del Musteriense, las poblaciones están cada día más distantes, con más endogamia y menos intercambio génico entre las poblaciones del norte y del sur. Eso, a largo plazo, es un problema en todas las especies de mamíferos. Los genetistas lo llaman depresión por endogamia, explica Carrión. Los últimos neandertales están en el sur de la península Ibérica y, cuando se extinguen, no hay evidencia alguna de que el hombre moderno estuviera allí. No coexisten. Así que la competencia de una especie con la otra no existe, no hay por qué estudiarla.
Para este paleobotánico, hay otras causas que contribuyeron a la desaparición de la especie, como el cambio de paisaje. El neandertal es un animal meridional, de bosque abierto o sabana (árboles grandes, arbolitos sueltos y hierba), no es un hombre de estepa. Siempre los han pintado en el norte de Europa, pero ellos se iban al norte cuando hacía calor; en los periodos glaciales estaban en el sur de España, el sur de Italia y la península grecobalcánica. Por su tecnología, posiblemente cazaban en grupos pequeños y al acecho, escondiéndose detrás de árboles y arbustos. Y ocurre algo inesperado: el paisaje se hace entonces muy abierto, muy estepario, con pocos arbustos, y el tipo de animales cambia. Pasa de una gran diversidad de fauna a otra menor pero muy grande: mamuts, bisontes, renos… Animales que hay que cazar de otra manera, con proyectil o lanzando piedras a distancia. Y sus herramientas de caza son más pequeñas y lanzables, no pesan. La mejor tecnología para esa caza la tiene nuestra especie, los sapiens que vienen de la estepa asiática perfectamente adaptados. Pero todavía sobrevivió miles de años.
Así que los cambios climáticos dieron al neandertal el golpe de gracia. Para Carrión, la gran pregunta no es por qué se extinguieron, sino por qué sobrevivieron tanto. Y tiene una respuesta. Durante 30.000 años, el sur de la península Ibérica era un jardín botánico, un auténtico paraíso. Vivían cerca del mar, y pescaban y comían de todo, incluso piñones… Comían focas monje, cazaban delfines, ánades, patos, codornices, perdices, cabras montesas… Tenían una dieta muy variada, la misma del hombre de hoy. Rosas, por su parte, asegura que la extinción de los neandertales es tan natural como el origen y el nacimiento de cualquier especie. Nos preguntamos por qué se extinguieron y es un planteamiento falso. Es interesante saber por qué, pero está envuelto en un halo de falso misterio. Cuando llevamos la misma cuestión a otras especies de mamíferos, vemos que unos se extinguen y otros no. Y ellos tienen medio millón de años de historia de evolución, que nosotros no tenemos.
Pero el codirector de Atapuerca aporta su personal teoría para explicar la extinción: la gran capacidad simbólica de los cromañones les daba ventaja. Los neandertales no tenían bandera, y cuando llega aquí el Homo sapiens tiene bandera Porque la bandera es la capacidad de representar a una comunidad por medio de un objeto, de reagruparse en torno a símbolos, lo que permite aumentar el tamaño del grupo sin basarse en el parentesco, un grupo que trasciende lo biológico. Así, el número de miembros de una tribu puede ser ilimitado; creo que ésa es la diferencia. Los cromañones tenían un sistema de alianzas, de solidaridad, basado en creencias, historias o mitos que les daban una unidad que sobrepasaba lo puramente biológico. Somos la única especie que forma comunidades no biológicas, unidas por lazos de tipo simbólico, lingüístico, religioso Los neandertales se conocerían entre ellos, familias, grupos grandes, y, de pronto, eso se pone en competencia con una especie de comunidades que pueden ocupar toda la península Ibérica, con una capacidad enorme de alianza.
Eso, dice divertido Arsuaga, significa que los neandertales eran mucho más realistas que los cromañones. Qué es más inteligente, ¿creer en lo inexistente o no creer? Yo no creo en los espíritus, no es nada realista ni inteligente; en eso estoy con los neandertales, que eran los realistas Pero, a la larga, la gente que cree en mitos simbólicos tiene más fuerza de comunidad y supervivencia.
Queda sólo un último misterio neandertal por aclarar: si fueron o no creadores, si hicieron arte. Hasta el momento, siempre se ha mantenido que no, y los vestigios encontrados de arte fronterizo (entre 32.000-35.000 años) se han atribuido a los cromañones. Si los cromañones llegaron hace unos 40.000 años, dice Arsuaga, algunos neandertales tuvieron tiempo de aprender de ellos, pero ahora parece que los objetos de adorno y colgantes que tenemos de esa fecha, lo más antiguo, son de neandertales, así que nos vamos acercando a la frontera de lo simbólico.
Los huesos encontrados en la cueva de El Sidrón plantean una cuestión que enlaza con la hipotética capacidad simbólica de la especie extinguida: ¿eran enterramientos? El catedrático de prehistoria de la Universidad de Oviedo, Javier Fortea, director del yacimiento, no lo cree así. En este depósito no se había producido ningún acondicionamiento del espacio por parte del hombre. Parece que procede del exterior, que es una zona de dolina; posiblemente esa dolina se colapsó y por alguna chimenea cayó al interior. Lo que estamos encontrando abajo nos plantea cómo llegaron aquí esos huesos, y si los neandertales enterraban o no a sus muertos hace 43.000 años. Algunos de los huesos tienen marcas de cortes descarnados, y eso indica una práctica de tipo alimentario antropófaga, incluso caníbal, aunque prefiero no utilizar palabras de ritual mientras no sepamos lo que ocurrió. Fuera hubo una acumulación de individuos, y algunos de ellos, no todos, fueron desmembrados por sus congéneres de forma rápida, porque no muestran presencia de felinos carroñeros.
Son señales que pueden percibirse en los huesos, aunque no resulta fácil verlas, salvo cuando quien las muestra es el paleoantropólogo Antonio Rosas, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Mire las rayas horizontales de esa mandíbula, se aprecian las marcas del corte, de la descarnación, el individuo fue cortado para descarnar el músculo. Ese otro hueso tiene un desconchón de lasca, de cuando se hace un corte al hueso; eso significa que los huesos largos fueron machacados para extraer la médula y comerla. Si es un canibalismo, alimenticio o ritual, continúa en discusión, pero lo que sí está claro es que El Sidrón aporta un magnífico ejemplo de canibalismo; tenemos señales de libro.
En los diferentes yacimientos neandertales, comenta Arsuaga, hay muchísimos niños enterrados. Se puede discutir si son rituales o no, pero son enterramientos. Y eso es muy humano, es un comportamiento simbólico, porque un individuo no entierra; es un grupo el que entierra. Y a nivel sentimental nos los aproxima, no los vemos ya como monstruos, sino como gente que entierra a sus niños, que los quiere, y eso es muy tierno.
El yacimiento de El Sidrón no sólo aporta información novedosa, sino que, por primera vez en el mundo, está aplicando un protocolo en la extracción de fósiles para evitar las contaminaciones genéticas que, con frecuencia, se producen en las manipulaciones de los investigadores. Así que no es raro ver dentro de la cueva a una especie de astronauta cogiendo huesos con mucho cuidado. A todos los excavadores nos han hecho el perfil genético, estamos retratados. Pero cuando afloran huesos potentes, compactos y duros, no esponjosos, como un fémur o una tibia, y creemos que pueden reunir las condiciones adecuadas para extraer material genético, se interrumpe la excavación, y todo el material que se está utilizando se desinfecta. El excavador se pone un traje de astronauta, un mono con escafandra, zapatos y guantes estériles, levanta el hueso con su tierra y lo mete en una bolsa estéril. Luego se guarda en una nevera a dos grados de temperatura hasta llegar al congelador del campo base, que está a 30 grados bajo cero, explica Fortea. Más tarde viajarán a Oviedo, Alemania y Madrid.
Primero fue Atapuerca y ahora los neandertales, hallazgos que, a decir de los expertos, están convirtiendo a España en una potencia paleontológica mundial. El Sidrón significa a los neandertales lo que Atapuerca a la evolución general, confiesa Rosas sin poder disimular su entusiasmo. Y se aproximan nuevos descubrimientos

Durante el mes de enero se organizó en España un ciclo de conferencias que, bajo el título Lo que Darwin no sabía, se ha constituido en la primera gran ofensiva iniciada por los grupos religiosos ultraconservadores estadounidenses que pretenden, mediante la crítica de la Teoría Evolutiva, extender la idea de que el Creacionismo (en los últimos tiempos denominado Diseño Inteligente, DI) puede considerarse una teoría científica. Las "conferencias" no son tales, y mucho menos científicas; son actos propagandísticos perfectamente diseñados para persuadir a un público desprevenido y de profundas convicciones religiosas que suele ser el perfil de la mayor parte de los asistentes. Una de las estrategias seguidas habitualmente por los fundamentalistas bíblicos en la organización de estos actos propagandísticos es intentar que sean impartidos en universidades u otras instituciones de carácter científico para, de esta forma, poder reivindicar el carácter de "científico". En España lo habían conseguido en dos de las ciudades: León y Vigo. Sin embargo, desde la Sociedad Española de Biología Evolutiva (http://www.sesbe.org) escribimos a las autoridades académicas correspondientes haciéndoles ver que se trataba de un fraude (lo que intentan es hacer pasar una idea de fuerte contenido religioso por una teoría propia del campo de la ciencia experimental) y las conferencias fueron canceladas.
Los fundamentalistas bíblicos organizan sus actos en universidades para parecer "científicos"
De hecho, lo único que buscan los creacionistas es hacer propaganda de sus creencias religiosas
Esto atrajo la atención de los medios de comunicación y, entonces, tomó protagonismo el interrogante que da título a este artículo. En al menos dos cadenas de televisión se presentó la noticia con esa frase, e incluso, en una de ellas, se hizo una encuesta. Voy a intentar explicar a los lectores dos cosas: primera, que la evolución biológica no es un dogma en el que se puede creer o no, sino un hecho demostrado científicamente en infinidad de ocasiones; y segunda, que tanto los argumentos utilizados por los defensores del DI como los actos que organizan no tienen nada que ver con la ciencia, sólo es una ideología defendida por fundamentalistas religiosos. Para ello es necesario entender claramente las diferencias entre los conocimientos científicos y las supersticiones o creencias, y para explicarlas voy a responder a la pregunta planteada en el título.
¿Desciende el hombre del mono? Esta pregunta tiene una trampa implícita, y es que, con lo de "el mono", se hace referencia a una especie de primate de las que existen en la actualidad. Entendida de esta manera la respuesta de un biólogo evolutivo también sería un rotundo no: el hombre no desciende del chimpancé. Lo que sí está perfectamente documentado es que el hombre desciende de otras especies de homínidos ya desaparecidos, y que éstos, a su vez, provienen de otros primates igualmente desaparecidos que también dieron lugar a los chimpancés.
Aunque parezca una perogrullada, la ciencia se basa en la utilización del método científico, método que ha resultado sumamente eficaz como lo demuestra el enorme avance de las distintas ciencias durante los últimos 100 años. Vamos a ver brevemente el proceso científico que da respuesta a la pregunta planteada. En primer lugar, Darwin sugirió, en base a su teoría de la evolución por selección natural, una hipótesis: el hombre desciende de otras especies ancestrales que ya habrían desaparecido. Una hipótesis es sólo una conjetura hasta que se demuestra, y para demostrarla, lo que hay que hacer es emitir predicciones que se deriven de ella y comprobar si se cumplen o no. La predicción más evidente es que si proviene de otras especies, tendrían que aparecer los fósiles de esas otras especies. En la época de Darwin no existían esos fósiles intermedios, pero esta predicción ha sido confirmada con creces como he mencionado anteriormente, lo que apoya que la hipótesis es cierta. No obstante, el método científico no se para aquí, sino que constantemente se siguen emitiendo predicciones que se vuelven a comprobar. Para no cansar demasiado al lector sólo voy a mencionar otra predicción: utilizando una herramienta enormemente potente y precisa como es la biología molecular que permite comparar el genoma de distintas especies, se podría predecir que la similitud de los genomas de las distintas especies de primates vivientes será mayor cuanto mayor sea el parentesco evolutivo entre dichas especies. Esta predicción también se ha cumplido, ya que el genoma humano es muy parecido al del chimpancé, presentando diferencias más acusadas respecto al de otras especies más alejadas.
Así funciona el método científico. Cuando se comprueban muchas predicciones de una misma hipótesis, ya se le da la categoría de Teoría. Sé que esto parecerá una contradicción para muchos, pero es así: la palabra "teoría", en ciencia, tiene un significado distinto del que tiene a nivel popular. Mientras que en el lenguaje de la calle se entiende como una idea que es posible que sea cierta, en ciencia, por el contrario, una "teoría" es una idea que se ha demostrado sobradamente. La Teoría de la Evolución por Selección Natural, ya merecía el nombre de teoría como consecuencia de la enorme cantidad de pruebas aportadas por Darwin hace 150 años. Desde entonces la evidencia a su favor ha seguido aumentando de manera progresiva. Hay multitud de pruebas de que la evolución es un hecho. En la actualidad la evolución de los seres vivos en este planeta es un hecho tan rotundamente demostrado como la existencia de los átomos o el que la Tierra gira alrededor del Sol.
Los Creacionistas, por el contrario, no siguen nada que se parezca al método científico. Simplemente buscan aspectos que (según ellos), no pueden ser explicados por la Teoría Evolutiva y los presentan como evidencia a favor de la Creación. Llevan décadas utilizando los mismos argumentos. No les importa que ya hayan sido rebatidos reiterada y contundentemente por los científicos, lo único que buscan es hacer propaganda entre crédulos profanos y políticos en lugar de intentar aportar algún descubrimiento científico.
Sus intentos de conseguir que sus ideas sean consideradas científicas han fracasado rotundamente, habiendo sido derrotados en los tribunales en todos los juicios que se han celebrado en Estados Unidos. A pesar de ello, los fanáticos bíblicos que están detrás de estas propuestas no han cesado en sus pretensiones de hacer pasar como científico lo que sólo son creencias religiosas.
Volviendo a las conferencias que se han impartido en España, han sido organizadas por una sociedad americana de médicos y cirujanos (Physicians and Surgeons for Scientific Integrity, PSSI), que, como se puede ver en su página web, no tiene nada que ver ni con la Medicina ni con la Cirugía. Simplemente, son médicos y cirujanos que están en desacuerdo con el Darwinismo. En cuanto a los conferenciantes, no son científicos, son "comunicadores" profesionales (especialmente los dos americanos) entrenados en las técnicas más avanzadas de mercadotecnia para conseguir atraer la atención del público asistente. Se limitan a repetir algunos de los pretendidos errores de la teoría evolutiva lanzando mensajes que siembren la duda en las personas que no tienen la formación adecuada. La eficacia de estos actos propagandísticos que organizan está basada, al igual que los anuncios publicitarios, en explotar las susceptibilidades psicológicas de los que reciben el mensaje. De esta manera, las personas creyentes y con escasos conocimientos sobre biología son las más indefensas frente a estos charlatanes.
Estos motivos son los que justificaron la iniciativa de la Sociedad Española de Biología Evolutiva de evitar que las conferencias se celebraran en las universidades de León y Vigo. Nuestra actitud no es un ataque a nadie, sino nuestra obligada contribución a la defensa de la cultura científica de la sociedad española frente al intento de manipulación de un grupo minoritario y extremista. No se puede permitir que utilicen la universidad para legitimar su descarada actividad propagandística. No se trata de un problema de censura y libertad de expresión, de hecho, no tomamos ninguna medida para intentar evitar la celebración de las conferencias convocadas en instalaciones no universitarias. Pero, las instituciones que amparan y generan la ciencia no deben cobijar doctrinas que niegan la evidencia científica, por muy bien disfrazadas que se presenten.
Manuel Soler es catedrático de Biología Animal de la Universidad de Granada y presidente de la Sociedad Española de Biología Evolutiva.






